martes, 15 de diciembre de 2015

Manos heladas y voz de mujer

Y entonces paramos en mitad de la arena y nos giramos a echar la vista atrás, a la espalda, al camino de pisadas húmedas que quedaron en el suelo, para ver como las olas del tiempo y la conciencia las lamen hasta borrarlas por completo. Con ellas se marchan los sueños de marcar con fuerza el mundo, la esperanza de lanzarse al agua y escapar, nadar sin fijarse en la orilla, en la tierra firme, sin importar las cadenas que nos atan, pero se van, se pierden solas en el mar.

La vida se evapora en un suspiro, morimos mientras aún respiramos. El suelo nos atrapa, el mundo nos encierra en una juala de barrotes invisibles, prisioneros del destino. Estamos abandonados a nuestra suerte donde los gritos que desgarran el silencio no se oyen ni se escuchan. La arena se hunde a nuestros pies enterrando los deseos de nuestros cuerpos, impidiéndonos caminar. La losa del sufrimiento se deja caer, pesada, sobre nuestros hombros. El frío y el dolor se ciernen sobre nosotros, nos engañan, nos prometen, nos abrazan para helarnos, para anestesiarnos. Olvidamos qué es sentir, mirar, sonreír. Vemos lo que somos al lanzarnos al vacío desde lo alto del acantilado que la desesperación levanta impasible frente a nuestros pies. Y así, como atrapados en las redes de un Morfeo retorcido, nos volvemos a mirar hacia adelante para continuar caminando pesadamente sobre la playa, sin percatarnos de que no dejamos de trazar un camino condenado a perderse en un océano ya perdido.

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